

María Alejandra Luna
Estoy esperando. Estoy esperando con los ojos cerrados. No necesito mirar. Adivino tus gestos ante mi cuerpo doblado y llorante. Anticipo las caricias de tus manos. Mi forma instaura el abrazo. No requiero una voz prescriptiva. La visión de mi sufrimiento entre las cobijas de tu cama lo pide todo. Y lo das todo.
Te acechan las lágrimas que saltan con gracia desde mis pestañas. Te afecta la inesperada belleza de la escena. Su lentitud y su constancia la hacen bella. La paz con que me manifiesto la hace bella. No hay simplemente compasión. Mi hermosura sollozante te atrae.
Tus brazos me consuelan. Tus palabras me calman. Tus ojos mirantes obligan a los míos a mirar. El llanto cesa, tan paulatino como inició. Mi rostro sigue sonrosado. En un momento ya no hay luz, pero el abrazo permanece. En un momento ya no hay luz, pero el calor aparece. En un momento ya no hay luz y nuestras bocas revelan estar imantadas; la una llama irresistiblemente a la otra.
Ya casi cede la medianoche. No ha habido sol. Probablemente ha habido luna, como en cualquier noche ordinaria. Sin embargo, las sensaciones calurosas en mi espalda y en mi pecho declaran que hubo un astro quemándonos a fuego lento. Tal vez solamente hayamos sido nosotros, con actitudes y movimientos amantes. Tal vez solamente haya habido sol de medianoche en nuestra alcoba.
