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Miguel de Unamuno y la aproximación al humor

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  • 98
  • Alejandro Zaga
  • Berenice Tapia
  • Ensayo literario
  • Generación 98
  • Julio Cortázar
  • Miguel de Unamuno

Ilustración: Berenice Tapia

 

Alejandro Zaga


 

«No hay, a la larga,
quien no descienda de reyes,
y de reyes destronados»

—Miguel de Unamuno,
Vida de Don Quijote y Sancho

 

 

Perteneciente a la generación del ’98, Miguel de Unamuno y Jugo no perdió la oportunidad de expresarse con humor, casi siempre satírico de los temas que le parecían convenientes (o más bien, inconvenientes). De la misma manera que cualquier lector que se arriesgue a incursionar en el universo unamuniano encontrará una buena parte de disertación filosófica, como los problemas del ser y el destino, del egoísmo latente en el ser humano, de la patria y también frecuentemente de la muerte, encontrará también un humor refinado pero contundente. El humor en Unamuno es, como para todo el que se precie de tener sentido del humor, cosa seria.

Es algo posible que, durante el bachillerato, en una clase como Lengua Española o equivalente, se te haya impuesto la lectura de La tía Tula, última obra narrativa larga de Unamuno, en la cual un ya experimentado autor se da el lujo de introducir todo cuanto le hiciere gracia como en el prólogo, cuyo inicio es: «PRÓLOGO (QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE NOVELAS)» o más adelante en donde compara a la Madre (y Tía) Teresa de Jesús con Don Quijote.

Qué bueno que toqué el tema de este caballero andante, figura esencial y posible antecedente directo de lo que el pensamiento de Unamuno significa. ¿Qué hace a Don Quijote la figura que se conoce a lo largo y ancho del mundo? Pueden diferir conmigo —e incluso con Unamuno— pero mi opinión es que la personificación del ridículo en Alonso Quijano lo ha hecho inmortal. Basta asomarse al objetivo que tuvo Cervantes al escribir su historia hoy universal: burlarse de las historias de caballería, que por su tiempo ya eran moda pasada pero que su personaje tiene como único leitmotiv. Pero este ridículo no se encuentra abandonado a la mera burla, ni por Cervantes ni por Unamuno, sino que ansían un objetivo educativo. En el bilbaíno, dada su formación dentro del positivismo, intenta crear conciencia sobre los modelos educativos, como puede observarse claramente en Amor y pedagogía (1902), obra que, además es una clara crítica mismo positivismo.

En esta novela, que es un desfile de acontecimientos trágicos y cómicos intercalados, un pedagogo, don Avito Carrascal, se dispone a crear un genio, educándolo con los modelos más adelantados de entonces, convencido de su éxito por el rigor científico, se dirige a entregar una carta a una dama que con total desconocimiento de ella, eligió para formar un hogar… pero en el camino se enamora de otra chica y cambia de parecer. Ja ja.

Continuando con Amor y pedagogía, ésta fue publicada por un amigo suyo, Santiago Valentín Cam, quien al recibir el escrito notó que era reducido en volumen y le dijo a Miguel que hacían falta unas veinte páginas como mínimo para poder editarla como libro. Ante esto, seguramente la mayoría de los que se dediquen a las letras habrían hecho como dice la canción Paperback writer (escritor de novelas) de los Beatles, y la hubieran alargado en un par de semanas si gusta el estilo, pero Miguel, ¡Ay, Miguel! Este hombre se contentó con escribir un pequeño texto llamado «Apuntes para un tratado de cocotología», en el cual, paso a paso, con ilustraciones y un método inductivo desde la ontología del estudio llamado cocotología atiende lo inherente al perfeccionamiento del arte de hacer pajaritas de papel. Es uno de los textos mejor elaborados que he encontrado en que se diserta sobre temas tal vez considerados mundanos, esto sesenta años antes del Manual de instrucciones de Julio Cortázar.

«La palabra cocotología se compone de dos, de la francesa cocotte, pajarita de papel, y de la griega logia, de logos, tratado. La palabra francesa cocotte es una palabra infantil y que se aplica en su sentido primitivo y recto a los pollos y por extensión a las aves. En sentido traslaticio, a las pajaritas de papel y a las mozas de vida alegre. Aquí habré de extenderme en una comparación entre estas mozas y las pajaritas, frágiles como ellas.»

En el delicioso desglose de su proceso creativo llamado ¿Cómo se hace una novela? juega no sólo con el lenguaje y el proceso de imprimir el talento, sino con su propio apellido materno, poniendo en ejemplo el ejercicio lúdico de la escritura:

«Habría que inventar, primero, un personaje central que sería, naturalmente, yo mismo. Y a este personaje se empezaría por darle un nombre. Le llamaría U. Jugo de la Raza; U. es la inicial de mi apellido; Jugo el primero de mi abuelo materno y el del viejo caserío de Galdácano, en Vizcaya, de donde procedía; Larraza es el nombre, vasco también —como Larra, Larrea, Larrazábal, Larramendi, Larraburu, Larraga, Larreta... y tantos más— de mi abuela paterna. Lo escribo la Raza para hacer un juego de palabras —¡gusto conceptista!— aunque Larraza signifique pasto. Y Jugo no sé bien qué pero no lo que en español jugo.»

Este texto podría ser (me atrevo a decir) el que mayormente funciona como una radiografía a su pensamiento, pues expone con todas las señalizaciones necesarias, qué materia prima elige para el proceso creativo. Nada se le puede recriminar cuando, al final del texto, no explica exactamente lo que el título promete, sino que ha terminado siendo un pretexto para contarte una historia que no tiene cómo contar como una historia individual, pero aprovecha para desahogarla sin que el lector (poco experimentado en el ensayo) advierta que ha contado un nueva historia sólo comentándola al mismo tiempo que cumple con su objetivo pedagógico, sembrando la semilla de escritor en el lector, ilustrando que no debe ser tan difícil.

La que probablemente sea la novela más famosa del autor en cuestión, Niebla, está repleta de humor y metahumor. Humor desde la trama en que [SPOILER ALERT] el protagonista, Augusto Pérez, platica y debate frente a frente con el autor, quien le confiesa que él lo ha creado y que, además, se ha aburrido de su historia y que terminará con su vida. Metahumor porque esta historia no es aislada, sino que Augusto conoce y es amigo del protagonista de Amor y pedagogía, Avito Carrascal, con quien intercambia problemáticas a fin de auxiliarse. Un comentario de este otro protagonista, mostrando sus ideales positivistas es el siguiente:

«En fin, si te he de seguir el humor, ¡cásate intuitivamente! ––¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere? ––Cásate con la mujer que te quiera, aunque no lo quieras tú. Es mejor casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo.»

Divirtióse Unamuno y, al tiempo el lector, sea del siglo siguiente que fuere (estoy seguro), más aquí que en cualquier otro texto, introduciéndose a la novela (nivola, como se deleitó en llamarla, para distinguirla del resto con su aporte en teoría narrativa) como personaje activo, pero sin perder su calidad de creador.

No sólo se encuentra este humor en el texto que ha legado, hay alguna anécdota ahí que me encanta traer a tema (muchos de ustedes seguro la conocen) y es aquella en que, durante una conferencia llegó a pronunciar «Shakespeare» fonéticamente, tal cual el más elemental de los hispanohablantes lo haría de encontrarse la palabra frente a él (chaquespeare), no sin que algún listillo asistente a la conferencia lo corrigiera no una, sino dos veces, con la pronunciación «debida». A esto, el ilustre bilbaíno respondió caballerosamente, contento de la mucha cultura con que contaban los escuchas, terminando su discurso completamente en inglés ante la atónita mirada de muchos y completa satisfacción de otros.

Me gustaría hablar, por último, de Abel Sánchez, novela que retrata la envidia de un hombre hacia el que ha elegido como su único espejo, un amigo íntimo (Abel) que ha alcanzado todo el éxito que la voz principal desea, con ideales completamente opuestos, opacándole en el terreno amoroso y profesional, tanto como en el más importante: el de la vida misma. Abel, el bíblico amado, vive normal y moderadamente feliz su vida, aspirando sólo a ser él. Joaquín, por su lado, vive haciendo esta última parte: ser él, Abel, sin tener que cargar con su inherente antipatía, causante de sus fracasos.

Quisiera agregar la recomendación, tal vez innecesaria en este punto, de leer todo lo que se pueda de este hombre, que tanta satisfacción me ha causado leer a través de los años, que, no lo niego, puede pecar de laxa en algún momento, compensa en otros textos por su seriedad y compromiso (no olvidar el exilio desde el cual se sumergió por años, añorando la patria y cantándole en cada ocasión que se le plantea). Unamuno es un universalizable autor con quien podemos no formalizar una credibilidad tal cual lo haríamos con escritores como Proust o Eco, sino que se inclina hacia el «duden de mí tanto como yo dudo de lo demás», como al analizar textos de Nietzsche y comparársele con Pirandello por las disertaciones sobre la creación y la seriedad del humor.

 

 

 

Alejandro Zaga

Josh - semblanza

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