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Publicado por adminkatabasis at 5 abril, 2021
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  • Ensayo Literario
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  • Ensayo
  • Lizeth Proaño
  • María Alejandra Luna
  • Opinión

Imagen: Lizeth Proaño

 

María Alejandra Luna

 

 

Palabras. Signos lingüísticos. Representaciones del mundo que habitamos. Rasgo distintivo de la humanidad. Nombramos todo: los objetos reales, los objetos irreales, los planos visibles, las instancias invisibles, lo que palpamos, lo que imaginamos, los recuerdos, las emociones, los sentimientos y nuestra propia interioridad. Sí, de hecho, a algo tan inexplorado e inenarrable podemos condensarlo –creemos que podemos condensarlo- en el sintagma «nuestra propia interioridad».

El lenguaje nos aleja del reino animal. Sin embargo, también se convierte en vehículo para expresar y delatar nuestra animalidad. Somos bestias que dicen o que escriben o que construyen pensamiento con la lengua para eludir esa bestialidad. Clasificar, catalogar, segregar, dividir, etiquetar y segmentar son verbos. Las fronteras, los límites y los estamentos son sustantivos. Diferente, parecido e igual son adjetivos. Y tienen sinónimos, además, adverbios que los potencian y elementos que los especifican a otres humanes.

La otredad se construyó desde las palabras, como lo ominoso, lo monstruoso o lo bestial. Desde las palabras se creó y se destruyó el mundo. Y, por si fuera poco, se quisieron aplicar los vicios humanos a seres extraterrestres que son extraños y que prefiero que sigan siendo extraños porque tengo miedo de que se nos parezcan mucho. Lo natural que hay en nosotres se limitó y se distorsionó desde las palabras. Devinimos en definiciones que ni siquiera nos animamos a contradecir para averiguar si son correctas o si podíamos hacer otras cosas.

Por eso, porque somos entes simbólicos y, sobre todo, lingüísticos, la gran deuda que tenemos con esas personas a las que seguimos llamando «otres» y con nosotres mismes (que, por supuesto, somos «otres» de otres) es usar las palabras para desarmar los prejuicios que con ellas armamos, para devolver la belleza a todas las situaciones que nos dijeron que debían resultarnos feas, para restituir el movimiento y la tendencia cambiante a una naturaleza humana que quisimos tornar estática y asible.

Decir cómodamente que hay luchas o cuestiones más relevantes y no pasan por el uso de la lengua es posponer irresponsablemente la responsabilidad que portamos como usuaries de un sistema de signos. No solo comunicamos, sino que directamente concebimos percepciones de la realidad desde las palabras. Son carta de presentación y evidencia de nuestras ideologías, experiencias, calidad y empatía. ¿Por qué? Porque hacemos elecciones paradigmáticas cuando interactuamos y no son involuntarias, aunque aparenten serlo.

Tengo el hábito de no nombrar características físicas cuando describo a una persona. A veces, para que mis interlocutores la reconozcan, surge la obligación de que ofrezca datos de su cuerpo. Entonces, tengo el ámbito de nombrar «la persona más alta» o «la persona ciega». No digo a secas un adjetivo. Yo no me olvido de que estoy describiendo a une prójime. Y este hábito de anteponer que es una persona y que yo recuerdo que es una persona es producto de una práctica.

Esa práctica se levanta contra otras prácticas. Aprendemos a hablar o a escribir según los criterios de alguien más. En ocasiones, tenemos suerte y cuestionándonos nos encontramos con la grata sorpresa de que coincidimos. Pero en más ocasiones nos damos cuenta de que aquellos criterios enseñados coinciden con ideas que son espantosas y crueles. Notarlo y tomar decisiones al respecto es importante. Por ejemplo, aprender a hablar de nuevo, según una perspectiva más amable y humanizante.

Es chistoso, ¿no? Usábamos palabras para decir que no éramos simples animales y acá estamos, usando palabras para decir que otres son menos dignes y menos humanes que «yo». El punto de vista es «yo», pero convenientemente hacemos caso omiso del hecho de que comenzamos a percatarnos cuando hubo un «vos», un «elle», un «nosotres», un «ustedes» y un «elles». Es chistoso que insistamos con que hay situaciones más importantes. No, no las hay. Hay, en todo caso, situaciones más urgentes.

¡Hay situaciones más urgentes! La gente se muere de hambre, de frío y de desempleo. Y duele mucho. Pero la gente también se muere de palabras que se dicen y que no se dicen. La gente se muere de que su existencia sea constantemente rebajada porque una masa privilegiada tomó la opción política de nunca aprender a hablar de nuevo y de otras formas ni de preguntarse qué respuestas y qué sentimientos surgen cuando nadie te menciona, cuando te mencionan para humillarte o cuando te van mencionando para tejer la otredad.

 

 

 

María Alejandra Luna

Ale Luna

 

Lizeth Proaño

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