

Jherson R. Miranda
Qué poderosas cosas no tienen sonido:
el fuego, la noche, la larga calle
y, sobretodo, la abertura de la muerte,
que en la noble sublevación
es, también, el más duro de los rigores
que hay que sortear.
No fue sólo un sentimiento dilatado
o una multitud de almas, el clamor;
en cada último hombre
de cada última fila o columna
quedó inscrita la pesada inmortalidad
repartida en otro día entrante.
Fue nuestra patria, la virtud
de estrujar corazones al mismo tiempo.
En los decididos rostros,
ásperos y gastados,
quedará una misma imagen,
un sol máximo, iniciador de héroes,
que desde las pampas, llanos y ciudades,
de los bolivianos,
de infinitos quehaceres y pesares,
sostuvo la audacia y el valor.