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Publicado por adminkatabasis at 5 marzo, 2020
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  • Soledad

Ilustración: Caro Poe

 

Odilón


Elisa mira con atención por la ventanilla del microbús, le pide al chofer que la baje en el siguiente puente. Se le ha hecho tan tarde que apenas si llegará para comer. «Me va a regañar mi mamá», piensa mientras el camión arranca. «Y todo porque la Marcela me entretuvo con su chavo en la secu».

Elisa toma la decisión de irse por «el sendero», como lo llama su madre; llegará más rápido, aunque es ruta solitaria. Tampoco es la primera vez que lo que la usa, aunque cuando camina ahí se siente intranquila: la maleza es alta y casi no pasan peatones, las casas son silenciosas, pero solo serían quince minutos a paso rápido y al fin, casita.

Cruza el puente y empieza a caminar cuesta abajo por el camino. Un automóvil pasa a su lado, pero ella no le presta atención, no hay nadie más cerca. La muchacha prefiere detenerse fuera de una casa y simular que busca sus llaves hasta que el vehículo desaparezca, tal y como le enseñó su madre. El automóvil apenas se alcanza a ver a lo lejos. Elisa retoma su marcha.

Una cuadra más adelante el auto está detenido, la muchacha se inquieta, duda si vuelve a esperar o debe seguir caminando. Quizá todo es paranoia, tan solo exageraciones de su imaginación y el caos que de vez en cuando ve en las noticias, o lo que le cuentan sus amigas: a la Marcela, una vez le agarraron una nalga en el pesero. El tiempo sigue corriendo y Elisa piensa en cuánto le gustaría estar ya en casa, aunque su mamá la regañe, pero sentada, a fin de cuentas, a la mesa.

Se arma de valor, la chiquilla aprieta el paso, casi corriendo cruza frente al vehículo… No pasa nada…

La chica sonríe y continúa caminando, mira de reojo a los alrededores como todos los días, la ropa en los tendederos y los perros atados en los patios en una la calle desierta. A unos cien metros se alcanza a ver el techo de su casa, ya puede aligerar el paso.

—¡Oye! —alcanza a oír una voz, es una voz de hombre, es suave, casi agradable. El cuerpo de Elisa se paraliza, aunque quiere alejarse, sus piernas no se mueven. ¿Y si el tipo la persigue? No tiene idea de qué tan lejos o cerca esté de él. ¿Y si lo ignora y éste furioso la golpea y sube a su auto? ¿Y si jamás vuelve a ver a su familia? La mente le dice que no haga caso, su voz es incapaz de salir, su cuerpo al fin se mueve, ella voltea, quizá es otra cosa, tal vez al sujeto se le cayó algo, tal vez le van a pedir ayuda con alguna dirección, la paranoia.

Un hombre joven está masturbándose a diez metros de ella. Elisa se había puesto en bandeja de oro: un sendero solitario con una estudiante indefensa, temblorosa, incapaz siquiera de gritar. El tipo sonríe mientras gime, eyaculando a la tierra. Elisa voltea en automático y sus piernas al fin le permiten correr en silencio, conteniéndose las lágrimas de coraje e impotencia; el remordimiento de no gritar ni de atreverse a tomar una piedra del suelo y a arrojársela con todas sus fuerzas a ese bastardo.

Llega a casa, se asegura que nadie la siguió. El corazón le late desesperadamente y sus piernas apenas la sostienen. Su mamá la recibe, le dice que se cambie de ropa para comer. Se nota que está de buen humor mientras tararea una canción. Elisa continúa en silencio.

—¿Cómo te fue, mi amor? ¿Por qué te tardaste tanto? —la muchacha abre los labios, mira a su madre sonriente. Los cierra de nuevo, esboza una débil sonrisa.

—Bien, mami… me quedé con la Marcela y se me fue el tiempo…

—Cámbiate para que te sirva.

Aún con las manos temblando, Elisa va a su cuarto y se encierra en el baño, se recarga en la pared mientras va deslizándose hasta llegar al suelo. Abraza sus rodillas y empieza a llorar en silencio, prometiéndose no contar a nadie lo sucedido.

Se sienta a la mesa y su mamá le nota los ojos enrojecidos, le pregunta si lloraba. Elisa le responde… que fue por un chavo. Su madre le da una palmadita en el hombro y le dice, tratando de consolarla, que apenas es una niña y tiene toda una vida por delante, y que se acostumbre a que eso le pasará tantas veces que en algún momento dejará de dolerle. Le da un abrazo. Elisa asimila las palabras de su madre, y entiende que no es más que la verdad.

Toma la servilleta de la mesa y se seca las lágrimas que no paran de salir.

 

Odilón


Estudiante de Lengua y literaturas hispánicas. Estudiante de Creación literaria UACM. Loca de los gatos, vegana, feminista, ratona de biblioteca.
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2 Comments

  1. Dennis dice:
    17 marzo, 2020 a las 10:54 am

    En el segundo párrafo está este error: Tampoco es la primera vez que lo que la usa. Debería ser: Tampoco es la primera vez que lo usa o que lo recorre.

    Después pone: “Se arma de valor, la chiquilla aprieta el paso…”, pero al poner Se arma de valor, hace referencia a que se habla de la protagonista. Entonces debería ser: “Se arma de valor y aprieta el paso…”

    En el sexto párrafo pone: “…y los perros atados en los patios en una la calle desierta”. Supongo que quiso poner: “… y los perros atados en los patios de una calle desierta”.

    Ahora, las distancias entre el auto y ella, me parecen que deben estar mejor cuidadas. Primero dice que el auto “apenas se alcanza a ver lo lejos”, pero una cuadra más adelante que ella camina, el auto está detenido y eso la desespera.
    Es decir, ¿ella caminó a la misma dirección de donde se veía que estaba el auto a la distancia o el auto de pronto avanzó a gran velocidad hasta donde estaba ella?

    Tampoco se entiende bien como llegaron a estar a 10 metros.

    Debería explicar mejor el recorrido del auto, con el trayecto de la protagonista. Es bastante ambiguo.

    Por último, Elisa menciona y se recuerda dos veces que su mamá va a regañarla por haber tardado, supongo que como es la hija sabe muy bien eso, pero la señora la recibe de lo más normal, y eso hace que el que haya elegido un camino inhóspito, haya sido una gran estupidez, más aún sabiendo lo que le pasó a su amiga y lo que pasa en los medios de comunicación.

    Creo que hubiera estado mejor que al llegar la madre le regañara, eso justificaría su decisión a pesar de saber bien que ese camino no es seguro, no se contradiría con lo que mencionó sobre su madre y podría haberse explorado más la sensación de que un regaño no es nada a estar a salvo en casa, como menciona en el cuarto párrafo.

    En conclusión, la idea está buena, pero me parece que la persona que escribió ese relato, no lo trabajó mucho. Se siente y se nota que lo escribió como lo salió y lo compartió.

    Me gustaría que lo trabajase más.

    Responder
  2. Argenis dice:
    12 junio, 2020 a las 9:38 pm

    Me llegó al corazón, las mujeres tiene que enfrentar esta triste realidad día a día, si más hombres leyeran a consciencia relatos como este estas cosas ya no ocurrirían, y también, por otro lado, muchas tienen que, lamentablemente, sufrir el cuestionamiento de hombres como “Dennis” ejerciendo el mansplaining a todo lo que da. Bien por ti amiga, relatos como estos que dices lo que deben decir son siempre necesarios.

    Responder

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