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De la mujer y otros demonios

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Ilustración: Florencia Luna

 

María Alejandra Luna

 

 

En este artículo no voy a abordar una novedad. La demonización de la mujer es un tema tratado una y otra vez. Tal vez, uno de los ejemplos más evidentes se encuentre en El estudiante de Salamanca porque ocurre el contraste: cuándo la mujer es un ser angélico y cuándo la mujer es un ser demoníaco, siempre desde la percepción y de los deseos del varón que protagoniza la pieza.

Pero no quiero detenerme en ese ejemplo: el Romanticismo en general y el Romanticismo español han sido bastante explorados por la crítica profesional y por la crítica aficionada de sus lectores. Me gustaría, entonces, investigar y describir cómo sucede ese fenómeno en dos novelas latinoamericanas contemporáneas. La primera de ellas puede adivinarse en el título: Del amor y otros demonios (1995), de Gabriel García Márquez. La otra es una obra argentina: El anatomista (1997), de Federico Andahazi. El análisis de ambos textos será estrictamente inmanente en esta ocasión.

En primer lugar, me gustaría destacar algunos datos: Del amor y otros demonios transcurre en el siglo XVIII, en el Caribe; El anatomista, del otro lado del océano atlántico, coloca a sus personajes en la Venecia del siglo XVI. Si bien hay distancia geográfica y temporal, también hay un tono que funciona como denominador común de las dos historias: la ignorancia, la construcción de lo extraño, la reacción ante lo ajeno y desconocido.

Sierva María de Todos los Ángeles es la niña de doce años en torno a la cual gira la novela de García Márquez. Según nos informa el capítulo inicial, ella ha sido mordida por un perro que tiene rabia. Aparentemente no contrajo la enfermedad, pero su padre teme que padezca de modo asintomático y que se den cuenta cuando ya esté muy enferma y sea insalvable. Esta premisa, luego de que a ella se le inflame el tobillo, desencadena en una serie de consultas, conflictos, revelaciones y decisiones que llevan a Sierva María al convento de Santa Clara. ¿Por qué? Porque al padre de la muchachita le insinúan que quizás, en vez de rabiosa, esté poseída por el demonio. Para confirmarlo, deben recabar algunas evidencias que coincidan con los indicios de la posesión demoníaca. Y lamentablemente la jovencita comete acciones que pueden ser confundidas: domina lenguas africanas porque su infancia la disfrutó entre los esclavos de su casa, se muestra reticente y agresiva.

Además, por supuesto, su presencia inspira anomalías en la naturaleza y en los ambientes por donde transita. La correlación no es obligatoria, en ningún momento se confirma que lo sea. Pero la abadesa está convencida de que el diablo habita en Sierva María y todas esas sospechas conducen a que la niña sea observada constantemente por el padre Delaura. El vínculo que se desencadena entre el presbítero y la muchacha confirma las peores conjeturas: Sierva María encarna la tentación y, obviamente, la tentación es «cosa del demonio». Su belleza lo enferma, lo aleja de su celibato, lo torna dependiente de su atención y de que lo corresponda, lo hace capaz de esbozar una fuga. Su belleza es la culpable, en resumen, desde el punto de vista de esa sociedad colonial.

Sierva María es, ante todo, mujer. A ese punto de partida se le añaden condiciones que profundizan su estado de Gran Otredad: la cercanía con los esclavos y las esclavas, la juventud, el origen caribeño, la supuesta enfermedad. En una idiosincrasia profundamente sometida por la moral judeocristiana, el Mal o Lucifer es la Gran Otredad. Todo lo que molesta, todo lo que se opone al Bien o al Plan de Dios termina inexorablemente ligado a su figura helada y desterrada del Cielo. El Plan de Dios es blanco y europeo, es varón sano y adulto, es personaje libre y formado. El Plan de Dios tiene emisarios que, desde el Viejo Continente, se entregan enteramente a preservarlo y difundirlo, a imponerlo. Lo caribeño, por otro lado, se exhibe como lo alterno, lo distinto, lo extraño. Con lo «femenino» sucede lo mismo: hay muchas conductas de la jovencita que podrías encontrar explicación en su anatomía preadolescente.

El Plan de Dios y la incógnita de la anatomía «femenina» reaparecen en la novela de Federico Andahazi: El anatomista. También resurgen otros elementos coloniales: el descubrimiento, la conquista. ¿En qué forma confluyen todas estas operaciones? Con la interacción entre tres personajes. Un médico y dos mujeres. Una de ellas, Mona Sofía, es probablemente la prostituta más hermosa de la ciudad. Pero los episodios sexuales la conectan con el abismal vacío que la habita y no le producen ninguna clase de placer. Mateo Colón, el médico, se enamora de ella, mejor dicho, de su imagen y se propone infundir goce en ella, cuando pueda requerirle sus servicios. Teresa es presentada como enferma, convaleciente, histérica. Su «afección» parece darle la respuesta a Mateo. No, la respuesta no. La estrategia para que Mona Sofía disfrute y se enamore de él.

El universo de los conocimientos y la iglesia como institución están estrechamente relacionados en la época en que se ambienta El anatomista. Toda investigación debe ser filtrada por funcionarios del catolicismo. El estudio que la «enfermedad» de Teresa revela a Mateo es bastante polémico: consiste en el «descubrimiento» de un órgano que posee ocho mil terminaciones nerviosas y cuya existencia se restringe al otorgamiento de placer para quien lo porta y estimula. Pecaminoso es el sexo y pecaminosa es la mujer que percibe libertad sexual y busca gozarla al máximo.

Es decir, tanto su amor por Mona Sofía, una criatura «indecente» como su seguimiento del caso de Teresa, alejan al médico de diagnósticos e indagaciones santas, importantes, dignas de aprobación. En fin, el universo de los conocimientos está condicionado por la puritana censura y por las pretensiones conquistadoras de Mateo. Porque sí, en el fondo, la dama convaleciente representa a la primera América, la misteriosa, la de la reunión, la del «descubrimiento» y la «cortesana» es la segunda América, la deslumbrante, la de la conquista, la del territorio a dominar. Una conduce consecuentemente a la otra. En una se vislumbran las «debilidades» que deberían llevar a una sencilla hazaña. El amor se plantea como práctica del poder, como supremacía de ese varón.

Y Mona Sofía… Mona Sofía es tentadora, igual que Sierva María, y es excepcional. Su aura y su verdura la igualan a una serpiente. En el mito de la creación de la Biblia, la serpiente simboliza al Mal. La prostituta desarrolla el mismo rol: desde infante se dedica a esta profesión (exigen sus infantiles «favores» algunos curas) y es entendida como «malvada» o «despiadada» porque le mordió los genitales a un adulto que estaba totalmente dispuesto a violar su boca. El magnetismo que emana es especial. Ella es signo de lujuria, es pecado capital porque suscita otros pecados. Lo «extraño» y lo «otro» que Mateo «descubre» en Teresa, o sea, el clítoris, se transforma en arma contra la gélida personalidad de Mona Sofía. Su pulsión tanática y los gajes del oficio hacen jaque mate, sin embargo, y por primera vez la conquista fracasa.

Estas dos novelas, pienso, en conclusión, nos ponen frente a las interseccionales aristas del colonialismo misógino: lo desconocido es diabólico, desde las «supersticiones» no cristianas hasta el disfrute sensual de las vulvas pasando por los idiomas no europeos y por el mestizaje y las geografías americanas, y lo diabólico está terriblemente encarnado por una mujer, por unas mujeres que, sin querer, desobedecen los mandatos y las expectativas que se construyen sobre ellas y que coquetean con todos los otros rasgos que terminan sazonando su propia alteridad.

 

 

 

María Alejandra Luna

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Florencia Luna

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