
María Alejandra Luna
La noche nos hace impunes. Nos dice: «Sí, adelante, anímense». Y entonces te miro, repasando tus rasgos con las yemas de los dedos. Tu cara está muy cerca de mis ojos. Tus manos están muy cerca de mis ideas. Tus latidos están muy cerca de mis latidos. Y palpito. Pienso que sí. Hago que sí. No digo. Me interrumpe la pregunta. De esas preguntas que se formulan con un beso.
No esperaba tu beso. La noche nos hace impunes. Impunemente me quedaría en tu cama, entre tus brazos, frente a tu boca. Impunemente me doy cuenta de que todavía te quiero. Impunemente sé que debería negarme y que, de todos modos, diré que sí. Estás más lindo así, cuando me abrazás y no entiendo qué es dudar.
Contra mí hago la pausa. No esperaba tu beso. La noche nos hace impunes. No te miento. No te miento ni con los ojos, ni con la boca, ni con las reacciones de mi cuerpo. Estás tan cerca que me olvido y me confundo y de repente comprendo que la verdad pujaba en mi garganta y quería pedirte desesperadamente un beso. Y entonces susurramos y te acaricio y las palabras que salen de vos y las palabras que salen de mí se encuentran una vez más en el umbral de nuestras lenguas. Silencio. Dicen más claro si pasan de aquí hacia allá y viceversa y también mañana.
