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Los nudistas (II)

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El umbral
5 mayo, 2020
A vuelta de rueda
5 mayo, 2020
Publicado por adminkatabasis at 5 mayo, 2020
Categorías
  • Novela
Tags
  • Departamento 7 o la pintura
  • Los nudistas
  • María Alejandra Luna
  • Sofía Olago

Ilustración: Sofía Olago

 

Departamento 7 o la pintura


María Alejandra Luna



La puerta se abre hacia afuera. Me sorprende, pero no me golpea: quien me abre tiene muchísimo cuidado y lo hace lentamente, seguramente sabiendo que no estoy preparado para tal situación. A medida que mueve la puerta, doy pasos hacia atrás. Una vez que quedo lejos del peligro, espío hacia el interior. Por supuesto, es todavía más sorprendente.

Una muñeca me dedica una sonrisa desde un sillón de madera. Tanto ella como el mueble que la sostiene están pintados: la muñeca le ha servido de lienzo a un paisaje playero; el sillón ahora es la inmensidad del mar. Echado en el suelo está un hombre. Le calculo unos sesenta años, tal vez. Su cuerpo desnudo presenta manchas de pintura.

Todo el suelo a su alrededor es una «Noche estrellada». Cada pared, una obra: «El gran masturbador», «El beso», «El cíclope» y «El caminante sobre el mar de nubes». No me atrevo a entrar, pero sí me dan muchísimas ganas de hacerle preguntas acerca de sus elecciones. Sin embargo, el exceso de información y el aroma a óleo me saturan y marean.

Observo mejor. Excepto él, en un primer vistazo, todo parece estar cubierto. No es así, la espalda de la muñeca está limpia. ¿Por qué está limpia? Dudo que haya sido un olvido descuidado. No diría que el sujeto es metódico, pero a nadie se le escaparía ese detalle. Toda una espalda de mujer artificial vacía, como si pudiera resguardarle una vida que no tiene.

«Sí hubo una mujer», me susurra el pintor.

«Hubo una mujer que vivía. No. No solamente vivía. Vivía conmigo, a mi lado. Entendí demasiado tarde que eso no equivalía a que viviera para mí», precisa.

«La amaba. Amaba sus largas extremidades, su espalda amplia, sus muslos grandes, su cintura fina. Amaba sus dimensiones y su predisposición a decirme que sí», confiesa.

Me arrodillo delante del umbral, sin tocar «La noche estrellada», para quedarme a su altura y que note que lo estoy escuchando, que no está emitiendo palabras al mismísimo aire.

«Incluso había afeitado su cabeza para que su cabello no entorpeciera mi trabajo. No la obligué, solamente se lo insinué y al día siguiente me despertó con una preciosa cabeza rapada y sonriente», dice entre sollozos.

La muñeca tampoco tiene cabello y, de pronto, me incomoda mirarla. Es de madera, también, una superficie mucho más adecuada para decorar con pinceladas.

«Siempre la llenaba de experimentos, siempre practicaba una idea en su magnífico cuerpo. Le tomaba algunas fotografías y la enjuagaba», relata más apesadumbrado.

Siento que la muñeca sonríe infinitamente y de verdad ya no soporto mirarla, así que cierro los ojos para escuchar el resto de la historia. No estoy seguro de querer confirmar el final, pero imaginarlo o corroborarlo en estos momentos me parece igualmente perturbador.

«Su melena la protegía, ¿sabe? Resguardaba su nuca y sus omóplatos. En cuanto pude pintar la completitud de Helena… Me entusiasmé. La amaba tanto: era mi lienzo favorito. Me entusiasmé y se me olvidó enjuagarla pronto. Me quedaba admirándola entre foto y foto. Estaba tan absorto que no pude percatarme de que se estaba yendo hasta que las convulsiones provocaron que se cayera», concluye y su pincel también cae.

De repente, tiene ochenta años en la piel. De repente, veo un montón de arrugas de tristeza y de padecimientos. De repente, dejo de escuchar y de todos modos supongo y sé que conozco cómo ha llegado a estas instancias. Cierro la puerta suavemente. Suspiro porque quiero no recordar. La noche asoma por las ventanas del pasillo y me sugiero identificar un departamento donde se adivine una fiesta. Necesito que el licor me dibuje las venas y la cabeza y los sueños.

 



Lee la primera parte de Los nudistas



 

María Alejandra Luna

Ale Luna

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