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Una historia de negros

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  • Majenda Aliaga
  • Opinión
  • Sofía Olago

Imagen: Sofía Olago

 

Majenda Aliaga

 


Hace un par de años, en un taller de literatura organizado en un centro cultural de mi ciudad, el profesor hizo mención a lo prolífico que era cierto escritor estadounidense, al que todos denostaban porque sus obras solían ser muy irregulares; algunas podían ser pequeñas joyas del terror, otras simplemente empezaban muy bien y terminaban —en el mejor de los casos— de manera inexplicable y poco verosímil. El profesor, es claro, hacía referencia a Stephen King, insinuando que pertenecía a ese grupo de escritores que ciertos lectores “serios y cultos” suelen menospreciar porque muchos de sus libros suelen ser superventas, es decir un bestseller. A lo que yo anoté que algunos creían que era tan fecundo porque usaba negros. La mitad de la clase se quedó muda, y alguno me miró con algo de fastidio. Negros literarios, agregué.

Los negros literarios o escritores fantasmas, esos autores de libros que nunca conoceremos porque sus obras irán publicadas con el nombre de otra persona. Su autoría jamás sería reconocida y, aunque algunas veces fueron grandes obras maestras, otras no, por lo que este anonimato puede ser algo de lo que ellos mismos estén agradecidos.

Se dice que William Shakespeare no sería el autor de la gran mayoría de sus obras, las mismas que, según algunas hipótesis, habrían sido escritas por Christopher Marlowe, un dramaturgo muy reconocido de la época, que tras un mal entendido con la corona fue condenado a muerte, salvándose por algunas influencias que tendría dentro de la realeza a condición de desaparecer de la vida pública. Al parecer, Marlowe cumplió, y, entonces, acordó con un tal William, un cómico sin mucho talento ni estudios, que él seguiría escribiendo sus obras de teatro, y que este último las publicaría a su nombre, para luego repartirse las ganancias.

De quien sí sabemos a ciencia cierta utilizó negros fue Alexandre Dumas (padre), aunque lo negó toda su vida, fracasó en el intento por ocultarlo, pues su hijo, Alexandre, aceptó que este los utilizaba para escribir, lo que explicaría su ingente obra. De hecho, el término que hasta ahora se usa, negro literario, tendría origen cuando Eugène de Mirecourt, otro escritor francés, acusa a Alexandre Dumas de echar mano de diversos colaboradores para la redacción de sus obras sin darles crédito, sometiéndolos a condición de negros bajo el látigo de un mulato. El panfleto costó al denunciante seis meses de prisión y multa por difamación*. Así las cosas, y a pesar del escándalo que generaron las denuncias de Mirecourt, el único colaborador al que Dumas reconoció fue Auguste Maquet, cuyo manuscrito de doce páginas fue el origen de Los tres mosqueteros, unas de sus obras más reconocidas.

H.P. Lovecraft, el afamado escritor estadounidense de relatos de terror, y padre del horror cósmico, también cayó en este oficio**. Lo que indicaría que incluso autores reconocidos fueros seducidos por el dinero para escribir por otro. En este caso, el autor de obras como La llamada de Cthulhu o En las montañas de la locura, escribió dos relatos que se publicaron en la revista Weird Tales, a pedido de su fundador A.J.C. Henneberger, a quien se le ocurrió que podía reflotar su revista publicando textos de que personajes conocidos de la época. Uno de ellos fue Harry Houdini. El mago aceptó ayudarle, pero dijo que él no escribiría porque no era bueno en ello, a lo que director le respondió que no habría problema porque él conocía a un novel escritor, Lovecraft, que lo haría por cien dólares cada vez. Es más, cuando murió el mago, H.P. ya llevaba escribiendo una novela por encargo suyo.

El de Charles Dickens sería el más peculiar de esta lista. Thomas Power James, un impresor de Vermont, afirmó que, tras la muerte del inglés, este le contactó durante una sesión de espiritismo para que le ayudase a terminar su novela inconclusa: El misterio de Edwin Drood. Durante varias sesiones, Thomas entraba en trance y era “poseído” por el autor, y así se dedicó a terminar la obra inconclusa, la misma que tras publicarse se convirtió en un bestseller.

Y en coincidencia con este último caso, el escritor inglés, Arthur Conan Doyle, que a la sazón se había convertido en un ferviente admirador de lo paranormal, afirmó que Joseph Conrad, quien murió sin terminar su novela Suspense, le había pedido le ayude a terminarla, algo que declinó por no considerarse capaz de ello.

El reconocido escritor Rubén Darío le pidió a Alejandro Sawa que le escribiera artículos, textos que luego el poeta firmaba. En total fueron cinco, y nunca le pago por el encargo. Alejandro murió en la miseria, esperando la ayuda del nicaragüense, que para paliar un poco su remordimiento publicó de manera póstuma los poemas del español.

Actualmente, Francia es uno de los países más renuentes a usar el término “escritores fantasmas”, como se les conoce actualmente, y prefieren el de siempre, negro literario, puesto que no lo consideran para nada racista. Y, como cosa curiosa, suelen anotar entre los créditos de los libros si es que hubo algún aporte externo en la creación de la obra. A los autores que hacen estos aportes les denominan mulatos, porque son reconocidos pero no como coautores.  

Por cierto, mi profesor nos contó en esa clase que alguna vez, cuando fue estudiante y no tenía mucho dinero, pero si talento, aceptó ser negro literario para más de un escritor de mi país. Todo esto ello nos lleva a pensar que no siempre el autor que señala la portada sea el mismo que está (o estuvo) solo frente a la página en blanco.

 

*https://www.milenio.com/opinion/alfredo-villeda/fusilerias/los-negros-literarios

**https://lapiedradesisifo.com/2013/08/13/escritores-fantasmas-y-negros-literarios/

 

 

 

Majenda Aliaga

Majenda Aliaga

 

Sofía Olago

Foto Semblanza Sofía Olago

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