• Desciende al mundo de la cultura literaria
  • contacto@katabasisrevista.com
katabasiskatabasisms-icon-310x310ms-icon-310x310
  • Actualidad
  • Arte
    • Artes Escénicas
    • Artes Plásticas
    • Cinematografía
    • Música
    • Recomendaciones Literarias
    • Videojuegos
    • Anime
  • Saberes
    • Ciencia
    • Filosofía
    • Gastronomía
    • Historia
  • Opinión
    • Chismes Literarios
    • Crónica
    • Entrevistas
    • Ensayo Literario
    • Opinión
    • Fomento de escritura
  • Creación
    • Cuento
    • Dramaturgia
    • Híbridos
    • Microficción
    • Novela
    • Poesía
    • Relato
    • Traducción
    • Narrativa Gráfica
  • Multimedia
    • La Barca de Caronte
    • Eco de las Musas
    • La Cera de Pigmalión
    • Podcast
    • Anábasis
  • Revista
  • Directorios
    • Dirección
    • Diseño
    • Redacción
    • Multimedia
  • Convocatorias
    • Convocatoria artículos
    • Convocatoria Textos Literarios
    • Convocatoria Infantil 2021
  • Talleres
    • Taller de Textos Literarios | La Memoria del Alma

Sorda

  • Home
  • Creación
  • Sorda
Felicidad en pastillas
5 enero, 2021
Ojos bien abiertos
5 enero, 2021
Publicado por adminkatabasis at 5 enero, 2021
Categorías
  • Creación
  • Relato
Tags
  • Malena Cid
  • Relato

Imagen: Caro Poe

 

Malena Cid

 

 

Dulce y sorda como una tapia ungida de rosal, así era ella, siempre y cuando no hablara, pues en cuanto abría la boca, cosa que rara vez ocurría, su voz átonamente ronca rompía el hechizo tejido por su aspecto etéreo.

No gustaba de la lluvia o la luz del sol y, si hay que ser muy justos, tampoco del día o la noche, porque era habitante perpetua del crespúsculo y la bruma donde yo solía encontrarla cada tanto.

Amaba a las palomas, pero también gustaba de los gatos. A los perros les tenía un saludable respeto pues creía, convencida contra toda razón lógica, que podían causar locura, por lo que, sólo de tanto en tanto, reconocía la presencia de alguno de muchos chuchos callejeros que abundaban en el pueblo.

Vestía ropas largas y siempre blancas, collares de caracolas y aretes de perlas, amaba los prendedores con forma de mariposas, con la misma pasión con la que odiaba las decoraciones navideñas por considerarlas cacofonía visual. Sin embargo, desde semanas antes del día de muertos, ella levantaba un gran altar en el frente de su casa, cuya terraza de piedra blanca y tejas rojas servía de marco a la exuberancia de manteles, platos, velas, juguetes, ropa, comida y bebida además de viejas fotos de seres amados que la habían dejado en cuerpo, pero nunca en espíritu que conformaban su altar personal.

Los niños del pueblo sabían que la extraña y sorda mujer que vivía en lo alto de la colina no debía ser molestada, especialmente a mitad del otoño ya que era entonces cuando su aislado y silencioso cosmos se convertía en un atisbo al inframundo, razón por la cual cierta gente del pueblo la llamaba bruja, aunque me consta que jamás realizó conjuro, poción o maldición alguna y que, si existía magia en ella, estoy segura que anidaba en sus manos

Yo solía espiar sus pasos, no siempre consciente, pero si consistente, con la obsesión que sentía por aquel enigma envuelto en ropajes blancos y murmullos de pasos y cuentas.

Cada día de muertos yo solía salir furtivamente de la cocina de la casa que siempre habité, donde sin falta toda mujer de mi linaje debía hacer su arte y su parte en la alquimia que mi abuela llamaba cocinar, para subir por el basto y empinado camino que conducía a aquel lugar y mirar, sin ser vista, la maravilla de recuerdos y ofrendas dejadas por un amor silencioso y eterno.

Y era cuando mi alma infantil se llenaba de aromas, colores, sonidos, sabores y los tomaba con voracidad en un crescendo de sensaciones que culminaban con la perfecta felicidad al escuchar su voz átona y ver sus manos, gráciles y mansas como las palomas, que ella tanto amaba, formar palabras, mitad peticiones, mitad oraciones y todas ellas recuerdos que llamaban algo en mí.

Era entonces cuando me permitía, por una sola vez, ir a ella. Un paso a la vez mis pies se movían a cada ondulación de esas manos mágicas me llamaban desde las sombras para ir paso a paso hasta tocarla y acariciar la suave línea de su rostro, con las puntas de mis dedos y besar su frente enmarcada por cabellos negros como la noche, antes de pronunciar las tres palabras que importaban y que por única vez ella era capaz de escuchar: «Mamá, mi mamá».

 

 

 

Malena Cid


 

Caro Poe

Caro Poe - Semblanza

Total Page Visits: 537 - Today Page Visits: 1
Compartir
adminkatabasis
adminkatabasis

Relacionados

Ilustración: Lizeth Proaño

5 febrero, 2022

El príncipe y la modista


Leer más

Ilustración: Sofía Olago

5 febrero, 2022

Apuntes sobre una planta


Leer más

Ilustración: Caro Poe

6 diciembre, 2021

Huellas sin paso


Leer más

Deja un comentario Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Nuestros amigos

Disfruta también:


  • Una foto de mi tío abueloUna foto de mi tío abuelo5 marzo, 2020
  • De camino al Nobel | Julian BarnesDe camino al Nobel | Julian Barnes6 octubre, 2020
  • La vuelta al mundo en cuarenta díasLa vuelta al mundo en cuarenta días1 abril, 2020
  • La poesía en las redesLa poesía en las redes6 diciembre, 2021
  • Año 2.|No. 14|2021Año 2.|No. 14|20215 junio, 2021
  • El umbralEl umbral5 mayo, 2020
  • El arte de divertirse: breve análisis de la obra de Carlos VillamilEl arte de divertirse: breve análisis de la obra de Carlos Villamil5 junio, 2019
  • Hay un perro calcinado en mi cabezaHay un perro calcinado en mi cabeza5 enero, 2020
  • Año 1.|No. 9|2020Año 1.|No. 9|20205 agosto, 2020
  • AzulAzul28 diciembre, 2020

Tags

  • ¡Que no cunda el pánico y coge una toalla!
  • ¿A qué le teme el investigador Héctor Hernández?
  • ¿Cabe el manga en la literatura?
  • ¿Qué es la muerte?
  • ¿Qué le hizo la curiosidad al gato?
  • ¿Qué puede hacer la poesía por ti?
  • ¿Vivimos en una simulación?
  • @nostare_
  • #Hispanoamérica
  • #Prosa
© 2020 Revista Katabasis.