

Moría la muerte más escabrosa: la de la espera. Pendía de unos mínimos hilos, al borde de la vida con la certeza del final, y estos parecían aferrarse con insana fuerza a todas las fibras de su pequeño cuerpo del que la esperanza escapaba con miedo del inminente final. Espera, sin más. Su captor era de aquellos que disfrutan los segundos, los dejan rodar por entre cada fibra, los saboreaba. Es la misma espera y tan distinta. El captor sabe, siente cómo los ojos de su víctima van perdiendo ideas y solo una va quedando: la muerte, que también espera, ansiosa. Es la misma espera.
Espera en las esquinas, donde no puede ser vista. Así la encontró y, aunque podía ser rápida, eligió el camino largo, el de muchos pasos y muchos ojos. Se puede decir, es caprichosa.
Esa primera sensación, esa lejana vibración, era ella jugando con los hilos de la vida, anunciando que los cortaría, pero sin hacerlo. Como decía, aquella muerte es la más escabrosa y caprichosa.
El tiempo pasa, una nueva sensación se apodera de la víctima. Ante el desenlace inminente, mejor que fuera rápida. La espera acaba escarbando remordimientos y dolores enterrados.
Desear es peligroso. La muerte reptó eliminando aquella idea repentina. Los hilos se tensaron. Ya no era esperanza (esta no se había quedado a ver el final) lo que motivaba sus desesperados movimientos era el pánico sordo. Eran estertores que se desvanecían entre los segundos y no conducían a una salida.
La araña sin afán se acercó, tanteando con sus patas la presa que se movía desesperada intentando huir del destino escrito en los hilos que lo ataban. Inútil lucha. Ya lo sabía. Sin dilación y como artesana de una muerte terrible, tejió un último hilo en la historia de aquella mosca que terminaba su vida en las patas de aquella parca cotidiana.