

Paulina de la Vega
Recordó cuando de pequeño quería ser futbolista: la adrenalina que le recorría todo el cuerpo, el sudor que le escurría por la frente, las rodillas raspadas y los amplios moretones en las espinillas.
Y ahora estaba ahí, parado, atendiendo fijamente la cerca electrificada que tenía enfrente, experimentando el dolor más agudo de todos sus días en ese recinto… La sangre brotando de su nariz y su frente, el hombro dislocado, el hueso de la rodilla expuesto y la piel ennegrecida, casi a punto de necrosis.
Recordó también su balón favorito, regalo de su padre; era amarillo con líneas blancas. Amaba jugar con él, esa sensación de patearlo y ver cómo se dirigía hacia lo más recóndito de la red.
Continuaba de pie, con el viento moviendo ligeramente su holgado traje a rayas, sintiendo cómo su malestar se mimetizaba y le recorría todo el cuerpo, hasta los rincones más lejanos de su anatomía.
De pronto, de manera súbita, casi perversa, lo volvió a invadir la memoria del día en el que llegaron por ellos a su casa: tomaron primero a su hermana y su madre, para después, entre todos, tomar de un tirón a él y a su enfermo padre.
Estaba ya muy cansado, sin embargo, finalmente cogió fuerzas, de las pocas que le quedaban, y comenzó a caminar lentamente. Al tercer paso prefirió cerrar los ojos, y fue en el sexto cuando por fin se encontró con su destino… Instantáneamente llegó la descarga que estremeció todo el cuerpo de Viktor e hizo que, en cuestión de segundos, terminara su pena, como si el mismo cielo por fin le concediera una expiación.
Viktor Emrich (1925-1945)

Licenciada en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Guion Cinematográfico por el Centro de Capacitación Cinematográfica.